¿Comer o no comer…? ¡He ahí el dilema!

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Por Luciana Laos

¿Luchas constantemente con esa voz que te pide comer un dulce o mucho pan? Entonces, déjame contarte algo, nosotros tenemos 3 cerebros o mejor dicho, 3 sistemas cerebrales distintos:

– El reptiliano o sistema inferior, que está satisfecho cuando se siente bien físicamente. Es decir, si tenemos sueño y dormimos; si tenemos frío y nos cubrimos; si tenemos hambre y comemos.
– El sistema límbico, que dicta nuestras emociones y que se siente satisfecho cuando está bien emocionalmente.
– El neocórtex o sistema superior, el que nos lleva a la lógica y a tomar acción y que se siente satisfecho cuando tomamos buenas decisiones.

Imagina entonces que tienes ganas de algo y no sabes de qué, y esa falta de claridad te lleva a pensar que quieres comer y, lo más probable, es que te den ganas de dulce o harina, pero piensas que si comes te engordarás y te sientes mal contigo mism@ por el simple hecho de querer comer. Después de varios minutos de debate interno, cedes y te comes esas galletas que tenías en la despensa, y ¿qué pasa? pues que la culpa aumenta. Pensamos, para qué comí, ahora me subiré de peso… y todo eso incluso mientras comemos. Es necesario romper ese círculo vicioso, ya que no solo es dañino para nuestro cuerpo, sino para nuestra mente. Nos enfrasca en una relación tóxica con la comida, porque a pesar de sentirnos mal por comer, al mismo tiempo la comida es la única que nos conforta. Entonces, cuando tengas ese impulso que te dice que necesitas comer algo, pero sientes que no debes, puedes tomar acción y decidir por cosas que te hagan sentir bien: diferencia si lo que tienes es hambre o apetito.

El hambre lo dicta el sistema inferior, es una necesidad fisiológica, el apetito lo dicta nuestra parte emocional (“mmm, tengo ganas de algo pero no sé de qué”). Haz un recuento de lo que has comido en el día, piensa si es posible que de verdad sientas hambre. Si la respuesta es no, entonces toca hacer un recuento de tu día: ¿Te peleaste con tu pareja? ¿Tu jefe no te dio el día libre que le pediste? ¿Se canceló la fiesta a la que tanto ansiabas ir? Tal vez el problema es que una o varias cosas no salieron como esperabas, y necesitas compensar eso con otro tipo de placer y el placer más inmediato lo encontramos en la comida. Si es así, nútrete de cosas que te conecten contigo mism@ y te relajen, una ducha de agua calientita, una caminata, prende una vela perfumada o aceite aromático, con olores relajantes como la lavanda o el jazmín. Y si finalmente, lo único que te provoca es comerte un postre ¡pues hazlo! Total, no le hacemos daño a nadie con eso. Pero eso sí, lo que comas, disfrútalo, saboréalo con calma y sin pensamientos de culpa. Que sea una ración moderada y por supuesto, teniendo claro que podemos darnos ese gustito, pero que al final no cambia en nada eso que nos fastidió en un inicio.

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